Temporalia

Nombre: Eduardo
Ubicación: Santiago, Chile

26 abril, 2006

“Las cosas pasan por algo…”

Ese dictum lo he escuchado muchas veces. Debe de ser uno de los lugares comunes más socorridos de nuestra fulgurante especie. Pero es falso. La verdad generalmente no es tranquilizadora: por eso se inventaron las mentiras y así el azar se transformó, en virtud de una curiosa alquimia psicológica, en necesidad. De ahí al fatalismo, un paso corto. El fatalista ha renunciado a lo que no tiene explicación y se ha arropado confortablemente en sus certezas burras, no para soportar el horror, sino para hacer cuenta de que no existe.

La primera vez que apareció el nombre Houellebecq en mi horizonte mental fue en un mail de Pierre, a principios de este año. Me comentaba que había leído la mayoría de sus novelas y que ese apellido era una deformación de “où est le bec”, o sea, dónde está el pico. Mi amigo Pierre –que se ha leído hasta la guía de teléfonos– dice que esos nombres ridículos se los ponían a los hugonotes o judíos conversos. No sé qué es peor si la estrella amarilla o eso.

Después comenzó a llegarme Houellebecq por diversos, misteriosos, conductos, hasta que hoy sentí la necesidad imperiosa de comprar y leer uno de sus libros. Ergo, fui a la Librería Antártica en el Alto Las Condes y compré “Plataforma”, eso porque leí en alguna parte que trataba de un tipo que se iba a Tailandia a hacer turismo sexual y pensé, me traerá recuerdos de lo que pasó hace casi diez años en el Patpong y en Pattayá, o sea en Sodoma y Gomorra.

Abro la novela y me encuentro con una escritura que tiene ecos del extranjero –y estruendos de Brett Easton Ellis. Está bien: nadie tiene la obligación de ser “original”. Por lo demás, algunas de las observaciones que hace el protagonista son delirantemente graciosas. “La policía es humanista”, por ejemplo.

En el último tiempo, la palabra “nihilismo” me persigue. Probablemente por eso decidí ir con la Catalina a escuchar al Dalai Lama, que va a venir a Chile la semana próxima. Iré más por la forma que por el contenido. Forma en este caso no debe entenderse como espectáculo, sino como la oportunidad de estar en el mismo espacio con alguien que vale la pena y que encarna algo valioso. Digamos que me voy a desnihilizar por un rato, a hacer un alto en la tontería chata de cada día.

No sé por qué, me acuerdo de la mañana en que llegamos a Quemchi con Juan y el mar parecía un sembrado azul centelleante. La pequeña plaza con su iglesia de madera y el busto de Francisco Coloane, “hijo ilustre de la comuna de Quemchi”… ¿Qué estábamos haciendo ahí? Ni idea, pero es posible que nuestra presencia en ese pequeño pueblo chilota obedeciera a un inescrutable designio divino, que aún no he llegado a comprender del todo. No hay que olvidar que las cosas pasan por algo. Creo que fue Nietzsche, el gran nihilista acusado de cargarse a Dios, quien escribió que cuando nace una explicación muere una inquietud.

Un recordatorio permanente del nihilismo contemporáneo es el correo basura, como el que acaba de llegarme mientras escribía esto y que eliminé del servidor sin pensar: bastó con leer el asunto –que ya he olvidado– en el Mail Washer. Sic transit... Voy a seguir leyendo “Plataforma”, impregnándome de su nadidad, absorbiendo material para seguir berreando aquí.

Pero para terminar este primer apunte en cuarenta días (por cierto, tengo claro que los blogs se inventaron para aquellos que tienen poco para decir –y por eso escriben mucho; con una aplastante regularidad si lo miramos desde la óptica de sus amigos), quiero consignar que he estado leyendo diverso material sobre posesión diabólica y exorcismos. Probablemente, a raíz de esas lecturas, la otra noche me desperté angustiado por un sueño en el que el demonio me lanzaba, con gran violencia, hacia arriba. Al día siguiente caí –un poco tardíamente– en la cuenta de que, con diversas variantes, ese sueño se ha repetido muchas veces desde mis primeros años y la sensación que experimento de ser arrebatado, con ese calor interno y el cosquilleo ingrato que lo acompaña, es siempre la misma.

Tal vez necesite un exorcismo.

06 marzo, 2006

La lluvia de cristales del invierno comienza a caer sobre nuestras cabezas. Pronto, por virtud de la manipulación del tiempo que las leyes permiten, a las siete de la tarde estará oscuro. La vida se trasladará a los interiores, que es donde se producen la mayoría de los problemas, por eso los perros tienen más enfermedades que sus primos, los lobos, y los hombres más que todos ellos juntos.

Llevo años molesto con los que a mí me parecen insatisfactorios y sesgados currículos de la educación escolar, rumiando cosas en forma desordenada, añadiendo y quitando contenidos mentalmente. La pregunta crucial, que nadie se hace porque se da por sentada la respuesta, es ¿para qué mandamos a nuestros hijos al colegio? Eso determina en gran medida qué queremos que aprendan allí. Si escuchamos a esa mater et magistra que es la Historia, la función que ha cumplido la educación a través de los milenios ha sido ir integrando a los niños y jóvenes en su sociedad, comunidad, tribu; en suma, darles las herramientas necesarias para llegar a valerse por sí mismos y para cooperar con los demás. Eso era mucho más sencillo que en nuestras complejas sociedades tecnologizadas, en las comunidades primitivas, porque el aprendizaje por el que debían pasar los miembros de la tribu se centraba en la supervivencia y la tradición. En definitiva, siendo capaz de traer a la casa algo para comer y teniendo claro cómo comportarse con los otros integrantes de la comunidad, cualquiera estaba al otro lado en materia de educación y podía convertirse en miembro de pleno derecho del grupo al que pertenecía.

En un nuevo esfuerzo inútil más, he comenzado a diseñar el currículum que a mí me gustaría enseñaran los colegios. Si no me desanimo –lo que es bastante poco probable–, publicaré el resultado en una entrada de mi otro blog.

Hoy es el primer día de clases. Tomo desayuno medio dormido con Juan; después llega la María José con sus movimientos felinos, haciendo de tripas corazón, porque ella también recomienza la universidad y eso significa separarse por primera vez de la Florencia. No deja de ser curioso que las alegrías, para no hablar de la hiperbórea felicidad, es poco lo que aportan en materia de crecimiento. El Paraíso es una hipótesis post factum, como los malos guiones de películas de suspenso, que parecen escritos desde el final hacia el principio, tratando de que todo calce.

Durante el fin de semana estuve leyendo cosas esotéricas relacionadas con los nazis. Así, me di un paseo por diversos temas, cual más descabellado y terminé metido en un sitio Web “nacionalista” en el que disparaban contra Miguel Serrano, uno de los popes del “esoterismo hitleriano”, que aboga por la teoría de la tierra hueca, según la cual Hitler estaría en Shambhala (que, como todo el mundo sabe es la capital de Agartha, reino que se encuentra en el centro de la Tierra), debajo de la Antártica, donde habría contactado a los dioses hiperbóreos, y que saldría de allí en una flota de OVNIs para comandar las fuerzas de la luz en una última cruzada contra las de la oscuridad –naturalmente, encabezadas por los judíos– e instaurar el Cuarto Reich. La Guerra de las Galaxias en versión nazi.

Anoche me flagelé también viendo parte de la ceremonia de adjudicación de los Oscar o el non plus ultra de la falsedad. Me impresionó un tipo que, en el ritual de los agradecimientos, recitó, de memoria y a una velocidad pasmosa, una suerte de guía telefónica resumida de gente a la que le debía algo. Inteligente movida, porque cada uno de los mentados sintió que había sido inmortalizado, y el fulano se aseguró trabajo para los próximos diez años. También me llamó la atención ver a Morgan Freeman metido en ese baile: al menos estuvo digno y no lo obligaron -o se negó- a contar chistes…

Quis custodiat custodios? (esta entrada está cargadita al latín), la pregunta surge, una vez más, en relación con el escándalo en que se ha visto envuelta la Ministra de Cultura británica. La alternativa por la que ha optado replica lo que hiciera Julio César cuando repudió a Pompeya, aunque aquí era el “César” quien tenía que parecer honrado. Cabe preguntarse si el divorcio de su marido se concreta y, dependiendo del régimen bajo el que se celebrara el matrimonio, ¿no terminará la ministra recibiendo la mitad del dinero supuestamente mal habido por su cónyuge? Salomónica solución esa.

En descargo de mi homofobia confesa, debo reconocer que leo con placer las columnas que de tanto en tanto publica en “La Tercera”, el escritor peruano Jaime Bayly. Me divierten sus artículos intensamente autoreferentes y el desparpajo con que dice las cosas, pero por encima de todo aprecio su liviandad, en el mejor sentido de la palabra, al defender la “causa” de los homosexuales: el tipo ha conquistado una posición que le permite hablar sin tapujos del tema, pero a la vez –y esto es lo que le agradezco– en forma llana y no ideologizada. Por otra parte, suele deslizar críticas en las que la acrimonia esperable es sustituída por una suerte de fatalismo simpático, como en la siguiente frase:

…de lo bien que les iba a todos mis hermanos, chicos deportistas, sanos, probadamente heterosexuales, creyentes en el libre mercado y en Dios Todopoderoso, en ese orden.

Eppur, no me animo a comprar una de sus novelas, quizá porque intuyo que la gracia y la fluidez que emana de sus contribuciones periodísticas, trueque en metal pesado en los libros. A fin de cuentas, los editores son gente seria y, como tales, pueden destruir la salud de cualquiera.

25 febrero, 2006

Antes de irme a la peluquería esta mañana, enciendo el computador y, mientras termino de vestirme, me doy cuenta de que la carga del sistema no progresa como debiera. Le echo un vistazo a la pantalla desde mi pieza: fondo negro con letras blancas, mala señal. Voy a ver qué pasa y me encuentro con un simpático mensaje de bienvenida -Disk boot failure. Repito, con poca fe debo reconocerlo, la operación de apagarlo y encenderlo un par de veces, pero no pasa nada nuevo. La verdad es que, con lo que le ha sucedido a mi computador en los últimos meses, ya ni siquiera tengo la energía necesaria para desearle la muerte al técnico que echó a rodar esa bola de nieve de incompetencia. Derrotado, parto a cortarme el pelo.

Al volver de la peluquería decido leer un rato y, tras muchísimo tiempo de tenerla abandonada, elijo la biografía de Hitler, a la que alguna vez me he referido aquí. Me había quedado a fines de 1932, cuando estaba a punto de dar el primer gran zarpazo, logrando torcerle la mano a von Hindenburg y su camarilla de ineptos, para entrar al Gobierno por la puerta ancha de la Cancillería. Y, al final, de tanto insistir, se llevó el gato al agua. Si hay un rasgo a destacar en Adolf Hitler es su sobrehumana obstinación que le permitió allanar todos los obstáculos y encumbrarse a una posición que, en sus años de vagancia en Viena, habría parecido inalcanzable, otro ensueño sin fundamento del proyecto de fracasado que entonces era. Goebbels escribe en su diario al día siguiente del nombramiento: "Hitler es Canciller del Reich. Como en un cuento de hadas." Algún día me haré con "The Goebbels Diaries" y con "Inside the Third Reich" de A. Speer, para complementar lo que he leído con la visión de dos hombres inteligentes (inteligente no es lo mismo que bueno) que estuvieron a la vera de Hitler. Aunque, lo cierto es que la inteligencia del cojo malvado estaba algo nublada por su devoción incondicional al Führer. No es fácil determinar quién estaba más enamorado de él, si Magda o Joseph.

A veces me pregunto para qué se junta la gente, ¿para discutir quién hace las mejores tortas y pasteles? El lenguaje, que tendemos a ver exclusivamente como un instrumento al servicio de la comunicación, desempeña también una función aglutinadora, muy similar a la que cumple el acicalamiento entre otros primates no humanos. En lugar de sacarnos parásitos que no tenemos, reforzamos nuestros vínculos sociales conversando de cualquier cosa, da lo mismo, porque lo que cuenta no es el contenido (la información), sino la forma: el placer de hablar y ser escuchado. Por ende, el tema en sí es irrelevante. Súmale unas copas y además ni siquiera es necesario respetar los principios más elementales de la lógica. Así va transcurriendo nuestra vida sobre este planeta feliz.

20 febrero, 2006

Uno de mi calle me ha dicho
que tiene un amigo que dice
conocer un tipo
que un día fue feliz.

Joan Manuel Serrat

Me negaba a ir a Pucón. Terminé sin embargo allá, comprando en los supermercados de la calle O’Higgins, que son todos de la familia esperando-a-D&S, y haciendo trámites en ese banco detestable del que en mala hora me hice cliente. Aunque en esa sucursal atestada de público, atienden bien: hasta hay una promotora repartiendo helados para hacer más soportable la cola, mientras un televisor de esos que cuelgan del techo ameniza la espera con “La mañana del trece”, auténtica muestra de que en Chile sí tenemos cultura propia.

Hoy leo en “La Tercera” sobre el consumo de alcohol de los niños y adolescentes en las noches, a orillas del lago Villarrica. Empieza, en algunos casos, a la edad de Juan. Entonces, ¿por qué él no participaba de esas libaciones? ¿Será porque se sabe querido? ¿O porque tiene la inteligencia suficiente como para rechazar por sí mismo lo que puede hacerle daño? Tal vez, sin ser de esa estirpe, lleve en su frente la marca de Caín, ese nombre rimbombante que le dio Hesse a algo tan trivial como no comulgar siempre con el espíritu del rebaño.

En una carta le hago un comentario a Pierre sobre el admirable estilo de vida de las vacas, a las que durante las vacaciones tuve la posibilidad de ver, en cantidades ingentes, paciendo a orillas de los caminos. Me dice que a él le parece gracioso lo que opino de las vacas y que debería difundirlo. Cumplo con lo que me pides, querido amigo, pese a que no rellenaste el formulario pertinente con tres copias.

En síntesis, la vaca es un animal sabio, porque come, come, come, luego se echa a pensar en la nada y finalmente se duerme. Al día siguiente, despierta con muchas ganas de comer y entonces, come, come, come, luego se echa a pensar en la nada y... Repítase este proceso ad nauseam y se obtendrá –alquímicamente- una vaca. En verdad, se me olvidó destacar la otra característica sobresaliente de las vacas en el plano intelectual: esa habilidad y displicencia con que mueven la cola. Tal simpleza de vida posiblemente explique el que no hay psicoanalistas vacunos y también el hecho notable de que la bosta de vaca huele bastante mejor que el excremento humano.

El agua, fría y verde, del Lago de Todos los Santos se encarama por mi brazo a contracorriente a medida que la embarcación avanza. Mi hijo sonríe picaronamente con su cara al viento, al mojarme, pues su brazo hace pantalla delante del mío y me salpica. Mientras, la magnífica silueta del volcán Osorno espejea en las aguas, como desde tiempos inmemoriales lo viene haciendo. La tarde es soleada, el aire diáfano penetra por las ventanillas de mi nariz. Me doy cuenta de que mi hijo y yo estamos en comunión el uno con el otro y ambos con la Naturaleza, y me siento feliz. No todos los días uno es feliz.

Encantadora subida de cerros en el Parque Nacional Huerquehue. Se enfrentan dos visiones de mundo completamente opuestas: la que está inspirada en el logro y por tanto en alcanzar (poseer) una o varias metas, y la que aspira a disfrutar de lo que está ahí, tocando la puerta de nuestros sentidos. Según sea la opción que se elija, el valor del trayecto puede quedar relegado a casi nada, porque lo que importa es llegar -ojalá en el menor tiempo posible- y el recorrido no es más que un mal necesario, sólo un medio para obtener un fin. Todo el día pa’ arriba y pa’ abajo, con un calor que el follaje no es capaz de filtrar por completo, pisándome la lengua. Subo con la visión del goce de lo que nos rodea, hablándole a Juan de la diferencia entre los parásitos y las simbiosis, sintiendo la majestuosidad de los árboles centenarios. Bajo a los tumbos, cantando “Los Elefantes” para anestesiarme y deseando dolorosamente tomar una Coca-Cola muy fría. El viaje de vuelta está de más: lo único que me importa es llegar cuanto antes abajo. En la montaña he visto por fin la luz.

Un terminal de buses de pueblo antes de que amanezca, en esa hora incierta en que hasta las voces resuenan de otra manera. Miro a unos jóvenes franceses que conversan animadamente mientras esperan la llegada del bus, pero no entiendo nada de lo que dicen. El recinto está teñido por una intensa luz amarilla que es el prolegómeno de la tristeza, lo voy sintiendo en mi corazón a medida que pasan los minutos. Conversamos de cualquier cosa para tratar de olvidar que el fin está cerca. De pronto, el inconfundible sonido del motor denuncia que el bus se aproxima. Al cabo de unos segundos, entra al terminal con esa ampulosidad propia de los grandes vehículos. Me levanto, Juan me sigue: this is the end -consummatum est!

30 enero, 2006

Leo en un boletín de noticias científicas que la población de orangutanes en la zona noreste de Borneo ha caído de 20.000 a sólo 5.000 en las últimas décadas. Who cares? Se acabarán los orangutanes y seguiremos teniendo centros comerciales. Por cierto, ayer fui con Juan a comprar libros y llegar al maldito Apumanque, que normalmente nos habría tomado unos diez minutos, se convirtió en un viaje de casi una hora, por el túnel que están construyendo en Manquehue con Apoquindo. Ciudades mutantes, obras viales que prometen futuro esplendor, mientras tanto, ajo y agua. Y Juan métale a reírse mientras yo reclamo, debe pensar que soy un viejo cascarrabias y sí, está en lo cierto, pero no importa, porque… ¡qué linda es la risa de los niños! Después ya nunca más volvemos a reír así, con esa limpidez que testimonia no haber perdido todavía nada importante en el camino.

Esta mañana, ensayo general de despertarse de madrugada, con el pretexto de la final del Open de Australia. Federer es un rival angustiante: no se incomoda y es implacable, gracias a unas condiciones técnicas y físicas sobresalientes. ¡Pobre Baghdatis!: en el amanecer de este domingo sentí mucha pena por él, por la forma en que Federer lo arrolló frente a sus ruidosos compatriotas. Sin embargo, juraría que, una vez que lo vio aplastado, el suizo tiró fuera a propósito una pelota para que la derrota no fuera tan humillante, lo que hablaría bien de él, como ser humano. El tenis es uno de los deportes más fascinantes que existen, por el papel central que juega la psicología. Salvo casos extremos de enfermedad o lesión, entre contrincantes de características técnicas similares, un partido de tenis termina siendo una lucha de poder entre dos mentes. Sólo el golf es más exigente en ese sentido que el tenis, porque no hay contraparte.

Y nos vamos a Chiloé… Hacer maletas o bolsos es un buen ejercicio de anticipación y todo viaje son tres viajes, asociados a las dimensiones del tiempo, que finalmente se resumen en una. He metido en el bolso un block que me regaló mi hija Catalina para un cumpleaños y en cuya tapa reprodujo la cabeza de un guepardo (lo que no es un detalle menor, porque se trata, primero de un felino, y segundo de uno extraordinariamente bello), con la idea de tomar algunas notas que a nuestra vuelta pueda utilizar como material para este diario. Pero, en realidad no sé si lo haré.

La fe en la ciencia –y, de paso, en el progreso indefinido de la Humanidad… Compruebo en una larga discusión por chat con una amiga que el ideal iluminista sigue vivo. Por principio niego que la razón pueda acceder a las verdades más trascendentales de la vida humana y termino defendiendo a los herméticos, ocultistas y esotéricos, mientras mi amiga se empecina en tratar de convencerme que lo que no se ajusta al método científico son patrañas. Como es de rigor cuando se discute acerca de dos asuntos diferentes como si se tratara del mismo, no llegamos a nada, tal como ocurre con la ciencia que, por verse obligada a evitar todo lo que no es cuantificable y “objetivo”, seguramente nunca podrá dar respuesta a las inquietudes más profundas de los seres humanos. En verdad, nada que se base en la razón instrumental puede hacerlo, porque aquella es como la serpiente que se devora a sí misma comiéndose la cola. Tomen nota, iluministas: su fe en la ciencia no es menos absurda que la fe en Dios o en los números. La ciencia, que es tan precisa y confiable, se basa en principios no demostrados: las geometrías no euclidianas y el teorema de la incompletitud de Gödel en el ámbito de la matemática y, en la física, los sistemas caóticos, en los que es imposible predecir resultados con exactitud a partir de unas condiciones iniciales dadas, son algunos ejemplos de las limitaciones inherentes a las ciencias fácticas. Eso para no meternos con la biología que es más compleja e inasible.

A los que buscan la verdad, reivindicando el valor de la subjetividad tan depreciada por la ingenua mentalidad científica, les aconsejo que sigan a Sting y escuchen lo que les dice su corazón

27 enero, 2006

Siempre me han producido morbo los funcionarios públicos. Por eso, la escena de “Der Untergang” en la que un juez de paz, laceado ex profeso en las inmediaciones de la Cancillería para que Hitler pudiera casarse –casi in articulo mortis–con Eva Braun, está celebrando el matrimonio, me pareció magnífica. Ese tipo, que está metido a 11 metros de profundidad en un búnker opresivo, mientras el mundo se cae a pedazos allá arriba; que prácticamente siente el aliento del hombre más conocido de Alemania en su cara, le pide a Hitler que muestre un documento de identificación, porque sigue ajustándose al procedimiento y apegado a su investidura. Goebbels, que no comprende el sentido ritual de la petición, interviene, molesto, y le dice: “¡Pero si es el Führer!” (o sea… ¿erei huevón o te hacís, no más?)

Esos funcionarios meticulosos y poseídos por el celo profesional, son una subespecie en vías de extinción. De hecho, están siendo reemplazados por los operadores de call centers, que como veíamos el otro día, son estructuralmente equivalentes a ellos en lo que respecta a no pensar y seguir en forma rígida procedimientos diseñados por gente a veces incluso más tonta que ellos mismos.

“Der Untergang” es una película estremecedora aún para el que no tiene una idea previa de lo que ocurrió en esos últimos días de colapso y hundimiento del Tercer Reich. Si me pongo a hablar de ella, como me ocurrió anoche con mi amigo Periquito SS. Malaleche, tendría que mencionar muchos aspectos, así que para no darle la lata a aquellos que no les interesa el tema, me voy a centrar en dos solamente.

1) Hitler era un hombre.

Malvado, esquizofrénico, psicópata, manipulador, lo que se quiera, pero era un hombre y nos hacemos un flaco favor considerándolo un monstruo, porque al concebirlo así, lo estamos absolviendo y/o contribuyendo a su deificación. Ian Kershaw, que es el autor de la mejor biografía que existe (tengo ambos tomos en inglés, si alguien la quiere consultar), en el prólogo de ese libro dice algo similar en abono de esa tesis. Y también habla de la supuesta admiración por Hitler que le habrían achacado a él los tontos de turno, dando a entender a las claras que escribir una biografía no implica aceptar al personaje, ni mucho menos admirarlo. Por otra parte, en respuesta a la polvareda de los otros subnormales que se rasgaban las vestiduras reclamando que el hecho de que en la película Hitler pareciese humano, podía suscitar simpatía con él, escribió en The Guardian: “Hitler was, after all, a human being, even if an especially obnoxious, detestable specimen.”

2) Estar a la altura de las circunstancias

Sabido es que las situaciones extremas hacen aflorar también las características extremas de la personalidad. Muchos de los jerarcas y subordinados que estaban en el búnker fueron abandonándose a medida que el tufo a vodka se acercaba a Berlín. Otras personas cayeron en actitudes histéricas, como Magda Goebbels; otros como Fegelein, el que no llegó a ser cuñado del Führer, se disolvían en la administración del desprecio y el sexo como opiáceo de segunda. Eva Braun, en cambio se mantuvo entera y se esforzó por aliviar el sufrimiento de los demás. “Quiero ser un cadáver hermoso”, dice poco antes de suicidarse. Eso es tener presencia de ánimo y morir con coraje y dignidad. ¡Bien por ella!


Por fin, ¡hoy empiezan mis vacaciones! Esta tarde iremos al Estadio Croata a ver una representación en que Juan bailará ataviado como rapa – nui. A propósito de Juan, a mi amiga María le hizo mucha gracia mi desliz con el georgiano. A todos nos encanta reirnos de los demás, aunque es mucho mejor y más cómodo reírse de uno mismo, porque siempre nos tenemos a la mano.

26 enero, 2006

Una vez más me siento orgulloso de ser chileno: nuestro reality show local, “Los Pinochet” supera en popularidad a The Osbournes de MTV. Los gringos tenían a Jacqueline Kennedy; nosotros –y en este momento, ellos también– tenemos a Jacqueline Pinochet.

Por millones de años, el clima ha sido un tema recurrente en las comunidades humanas: así las viejas tienen algo de qué conversar, porque está claro que no hay nada que les guste más a los primates humanos que hablar. Mientras aquí nos estamos friendo (ayer la máxima en Santiago rebasó los 36º C), en Ucrania registran temperaturas por debajo de -30º C. Inviernos y veranos tan rigurosos ¿no hablarán del impacto de nuestra estupidez sobre el medio ambiente?

El otro día una señora me tocó el timbre para hablarme de la relación entre la influenza aviar y el Armagedón. Más allá de no compartir su fe, me temo que no anda demasiado desencaminada: a veces siento que estamos caminando al borde de un cráter y no nos percatamos de las fumarolas que presagian la erupción. Luego puede ser demasiado tarde. Los trastornos ecológicos que nuestra codicia produce son cada vez más complejos y difíciles de revertir. Nada nuevo: desde los inicios del homo sapiens la eco-logía ha estado subordinada a la eco-nomía.

Volviendo a Ucrania y afines, antes la gente se moría de frío; gracias a los periodistas, hoy muere de hipotermia. Quienes repiten eso como loros, naturalmente no saben que esa horrible palabra significa “baja temperatura”. En cualquier caso, yo prefiero “frío” que es más breve y menos rebuscado.

Tenemos la tecnología, pero nos falta la inteligencia y sobre todo, la sensibilidad para mejorar los niveles de servicio al cliente. Los “call centers”, por ejemplo, son, por decirlo con una palabra suave, diabólicos. Vueltas pa acá, vueltas pa allá, todos sonríen con muecas de manual, nadie piensa más allá de lo que establece el mismo manual (seguramente escrito por un marciano) y por lo tanto, nadie resuelve nada. Habría que recordarle a los genios de marketing a cargo que el verdadero servicio no consiste en una atención relativamente amable, sino en dar solución a los problemas, si es posible con un mínimo de gentileza, o sea sin ladrar.

Hace mucho tiempo que eliminé de mi vocabulario la expresión “tener la razón”. La realidad es poliédrica y, en consecuencia, salvo en lo que atañe a la aritmética más elemental, siempre hay más de una perspectiva y pretender imponer a como dé lugar la verdad propia, resulta ingenuo. Hasta aquí vamos bien. Sin embargo, aunque uno no juegue al juego de estar en la razón, aunque no tenga la empecinada determinación del iluminado o de la obsesiva-compulsiva, lo cierto es que a menudo, la mayoría de nosotros –y no me excluyo de ese lote–, actúa como si lo que dice fuera la Verdad Universal. Eso porque nos sobra lo que les falta a los robots: emociones.

En el capítulo de las emociones, el excelente Open de Australia y, en particular, el partido que hoy remontó Baghdatis contra Nalbandian, del que desgraciadamente, sólo pude ver algunos juegos. Esa final entre Federer y Baghdatis va a estar potente. También algunos momentos de la película “Cartas desde París”, que como suele ocurrir con las historias sentimentales, se fue hundiendo y deslavando a medida que transcurría. A propósito de mi chifladura con el georgiano, invité a Juan a que me acompañara un rato para que escuchara el sonido de esa lengua y voy y le comento, oye, este idioma tiene palabras parecidas al castellano, ¿viste que teléfono se dice “telefón”? Y Juan me dice, papá, la señora está hablando en francés…

No es fácil decaer con dignidad.