Temporalia

Nombre: Eduardo
Ubicación: Santiago, Chile

06 marzo, 2006

La lluvia de cristales del invierno comienza a caer sobre nuestras cabezas. Pronto, por virtud de la manipulación del tiempo que las leyes permiten, a las siete de la tarde estará oscuro. La vida se trasladará a los interiores, que es donde se producen la mayoría de los problemas, por eso los perros tienen más enfermedades que sus primos, los lobos, y los hombres más que todos ellos juntos.

Llevo años molesto con los que a mí me parecen insatisfactorios y sesgados currículos de la educación escolar, rumiando cosas en forma desordenada, añadiendo y quitando contenidos mentalmente. La pregunta crucial, que nadie se hace porque se da por sentada la respuesta, es ¿para qué mandamos a nuestros hijos al colegio? Eso determina en gran medida qué queremos que aprendan allí. Si escuchamos a esa mater et magistra que es la Historia, la función que ha cumplido la educación a través de los milenios ha sido ir integrando a los niños y jóvenes en su sociedad, comunidad, tribu; en suma, darles las herramientas necesarias para llegar a valerse por sí mismos y para cooperar con los demás. Eso era mucho más sencillo que en nuestras complejas sociedades tecnologizadas, en las comunidades primitivas, porque el aprendizaje por el que debían pasar los miembros de la tribu se centraba en la supervivencia y la tradición. En definitiva, siendo capaz de traer a la casa algo para comer y teniendo claro cómo comportarse con los otros integrantes de la comunidad, cualquiera estaba al otro lado en materia de educación y podía convertirse en miembro de pleno derecho del grupo al que pertenecía.

En un nuevo esfuerzo inútil más, he comenzado a diseñar el currículum que a mí me gustaría enseñaran los colegios. Si no me desanimo –lo que es bastante poco probable–, publicaré el resultado en una entrada de mi otro blog.

Hoy es el primer día de clases. Tomo desayuno medio dormido con Juan; después llega la María José con sus movimientos felinos, haciendo de tripas corazón, porque ella también recomienza la universidad y eso significa separarse por primera vez de la Florencia. No deja de ser curioso que las alegrías, para no hablar de la hiperbórea felicidad, es poco lo que aportan en materia de crecimiento. El Paraíso es una hipótesis post factum, como los malos guiones de películas de suspenso, que parecen escritos desde el final hacia el principio, tratando de que todo calce.

Durante el fin de semana estuve leyendo cosas esotéricas relacionadas con los nazis. Así, me di un paseo por diversos temas, cual más descabellado y terminé metido en un sitio Web “nacionalista” en el que disparaban contra Miguel Serrano, uno de los popes del “esoterismo hitleriano”, que aboga por la teoría de la tierra hueca, según la cual Hitler estaría en Shambhala (que, como todo el mundo sabe es la capital de Agartha, reino que se encuentra en el centro de la Tierra), debajo de la Antártica, donde habría contactado a los dioses hiperbóreos, y que saldría de allí en una flota de OVNIs para comandar las fuerzas de la luz en una última cruzada contra las de la oscuridad –naturalmente, encabezadas por los judíos– e instaurar el Cuarto Reich. La Guerra de las Galaxias en versión nazi.

Anoche me flagelé también viendo parte de la ceremonia de adjudicación de los Oscar o el non plus ultra de la falsedad. Me impresionó un tipo que, en el ritual de los agradecimientos, recitó, de memoria y a una velocidad pasmosa, una suerte de guía telefónica resumida de gente a la que le debía algo. Inteligente movida, porque cada uno de los mentados sintió que había sido inmortalizado, y el fulano se aseguró trabajo para los próximos diez años. También me llamó la atención ver a Morgan Freeman metido en ese baile: al menos estuvo digno y no lo obligaron -o se negó- a contar chistes…

Quis custodiat custodios? (esta entrada está cargadita al latín), la pregunta surge, una vez más, en relación con el escándalo en que se ha visto envuelta la Ministra de Cultura británica. La alternativa por la que ha optado replica lo que hiciera Julio César cuando repudió a Pompeya, aunque aquí era el “César” quien tenía que parecer honrado. Cabe preguntarse si el divorcio de su marido se concreta y, dependiendo del régimen bajo el que se celebrara el matrimonio, ¿no terminará la ministra recibiendo la mitad del dinero supuestamente mal habido por su cónyuge? Salomónica solución esa.

En descargo de mi homofobia confesa, debo reconocer que leo con placer las columnas que de tanto en tanto publica en “La Tercera”, el escritor peruano Jaime Bayly. Me divierten sus artículos intensamente autoreferentes y el desparpajo con que dice las cosas, pero por encima de todo aprecio su liviandad, en el mejor sentido de la palabra, al defender la “causa” de los homosexuales: el tipo ha conquistado una posición que le permite hablar sin tapujos del tema, pero a la vez –y esto es lo que le agradezco– en forma llana y no ideologizada. Por otra parte, suele deslizar críticas en las que la acrimonia esperable es sustituída por una suerte de fatalismo simpático, como en la siguiente frase:

…de lo bien que les iba a todos mis hermanos, chicos deportistas, sanos, probadamente heterosexuales, creyentes en el libre mercado y en Dios Todopoderoso, en ese orden.

Eppur, no me animo a comprar una de sus novelas, quizá porque intuyo que la gracia y la fluidez que emana de sus contribuciones periodísticas, trueque en metal pesado en los libros. A fin de cuentas, los editores son gente seria y, como tales, pueden destruir la salud de cualquiera.