Temporalia

Nombre: Eduardo
Ubicación: Santiago, Chile

26 abril, 2006

“Las cosas pasan por algo…”

Ese dictum lo he escuchado muchas veces. Debe de ser uno de los lugares comunes más socorridos de nuestra fulgurante especie. Pero es falso. La verdad generalmente no es tranquilizadora: por eso se inventaron las mentiras y así el azar se transformó, en virtud de una curiosa alquimia psicológica, en necesidad. De ahí al fatalismo, un paso corto. El fatalista ha renunciado a lo que no tiene explicación y se ha arropado confortablemente en sus certezas burras, no para soportar el horror, sino para hacer cuenta de que no existe.

La primera vez que apareció el nombre Houellebecq en mi horizonte mental fue en un mail de Pierre, a principios de este año. Me comentaba que había leído la mayoría de sus novelas y que ese apellido era una deformación de “où est le bec”, o sea, dónde está el pico. Mi amigo Pierre –que se ha leído hasta la guía de teléfonos– dice que esos nombres ridículos se los ponían a los hugonotes o judíos conversos. No sé qué es peor si la estrella amarilla o eso.

Después comenzó a llegarme Houellebecq por diversos, misteriosos, conductos, hasta que hoy sentí la necesidad imperiosa de comprar y leer uno de sus libros. Ergo, fui a la Librería Antártica en el Alto Las Condes y compré “Plataforma”, eso porque leí en alguna parte que trataba de un tipo que se iba a Tailandia a hacer turismo sexual y pensé, me traerá recuerdos de lo que pasó hace casi diez años en el Patpong y en Pattayá, o sea en Sodoma y Gomorra.

Abro la novela y me encuentro con una escritura que tiene ecos del extranjero –y estruendos de Brett Easton Ellis. Está bien: nadie tiene la obligación de ser “original”. Por lo demás, algunas de las observaciones que hace el protagonista son delirantemente graciosas. “La policía es humanista”, por ejemplo.

En el último tiempo, la palabra “nihilismo” me persigue. Probablemente por eso decidí ir con la Catalina a escuchar al Dalai Lama, que va a venir a Chile la semana próxima. Iré más por la forma que por el contenido. Forma en este caso no debe entenderse como espectáculo, sino como la oportunidad de estar en el mismo espacio con alguien que vale la pena y que encarna algo valioso. Digamos que me voy a desnihilizar por un rato, a hacer un alto en la tontería chata de cada día.

No sé por qué, me acuerdo de la mañana en que llegamos a Quemchi con Juan y el mar parecía un sembrado azul centelleante. La pequeña plaza con su iglesia de madera y el busto de Francisco Coloane, “hijo ilustre de la comuna de Quemchi”… ¿Qué estábamos haciendo ahí? Ni idea, pero es posible que nuestra presencia en ese pequeño pueblo chilota obedeciera a un inescrutable designio divino, que aún no he llegado a comprender del todo. No hay que olvidar que las cosas pasan por algo. Creo que fue Nietzsche, el gran nihilista acusado de cargarse a Dios, quien escribió que cuando nace una explicación muere una inquietud.

Un recordatorio permanente del nihilismo contemporáneo es el correo basura, como el que acaba de llegarme mientras escribía esto y que eliminé del servidor sin pensar: bastó con leer el asunto –que ya he olvidado– en el Mail Washer. Sic transit... Voy a seguir leyendo “Plataforma”, impregnándome de su nadidad, absorbiendo material para seguir berreando aquí.

Pero para terminar este primer apunte en cuarenta días (por cierto, tengo claro que los blogs se inventaron para aquellos que tienen poco para decir –y por eso escriben mucho; con una aplastante regularidad si lo miramos desde la óptica de sus amigos), quiero consignar que he estado leyendo diverso material sobre posesión diabólica y exorcismos. Probablemente, a raíz de esas lecturas, la otra noche me desperté angustiado por un sueño en el que el demonio me lanzaba, con gran violencia, hacia arriba. Al día siguiente caí –un poco tardíamente– en la cuenta de que, con diversas variantes, ese sueño se ha repetido muchas veces desde mis primeros años y la sensación que experimento de ser arrebatado, con ese calor interno y el cosquilleo ingrato que lo acompaña, es siempre la misma.

Tal vez necesite un exorcismo.