Temporalia

Nombre: Eduardo
Ubicación: Santiago, Chile

25 febrero, 2006

Antes de irme a la peluquería esta mañana, enciendo el computador y, mientras termino de vestirme, me doy cuenta de que la carga del sistema no progresa como debiera. Le echo un vistazo a la pantalla desde mi pieza: fondo negro con letras blancas, mala señal. Voy a ver qué pasa y me encuentro con un simpático mensaje de bienvenida -Disk boot failure. Repito, con poca fe debo reconocerlo, la operación de apagarlo y encenderlo un par de veces, pero no pasa nada nuevo. La verdad es que, con lo que le ha sucedido a mi computador en los últimos meses, ya ni siquiera tengo la energía necesaria para desearle la muerte al técnico que echó a rodar esa bola de nieve de incompetencia. Derrotado, parto a cortarme el pelo.

Al volver de la peluquería decido leer un rato y, tras muchísimo tiempo de tenerla abandonada, elijo la biografía de Hitler, a la que alguna vez me he referido aquí. Me había quedado a fines de 1932, cuando estaba a punto de dar el primer gran zarpazo, logrando torcerle la mano a von Hindenburg y su camarilla de ineptos, para entrar al Gobierno por la puerta ancha de la Cancillería. Y, al final, de tanto insistir, se llevó el gato al agua. Si hay un rasgo a destacar en Adolf Hitler es su sobrehumana obstinación que le permitió allanar todos los obstáculos y encumbrarse a una posición que, en sus años de vagancia en Viena, habría parecido inalcanzable, otro ensueño sin fundamento del proyecto de fracasado que entonces era. Goebbels escribe en su diario al día siguiente del nombramiento: "Hitler es Canciller del Reich. Como en un cuento de hadas." Algún día me haré con "The Goebbels Diaries" y con "Inside the Third Reich" de A. Speer, para complementar lo que he leído con la visión de dos hombres inteligentes (inteligente no es lo mismo que bueno) que estuvieron a la vera de Hitler. Aunque, lo cierto es que la inteligencia del cojo malvado estaba algo nublada por su devoción incondicional al Führer. No es fácil determinar quién estaba más enamorado de él, si Magda o Joseph.

A veces me pregunto para qué se junta la gente, ¿para discutir quién hace las mejores tortas y pasteles? El lenguaje, que tendemos a ver exclusivamente como un instrumento al servicio de la comunicación, desempeña también una función aglutinadora, muy similar a la que cumple el acicalamiento entre otros primates no humanos. En lugar de sacarnos parásitos que no tenemos, reforzamos nuestros vínculos sociales conversando de cualquier cosa, da lo mismo, porque lo que cuenta no es el contenido (la información), sino la forma: el placer de hablar y ser escuchado. Por ende, el tema en sí es irrelevante. Súmale unas copas y además ni siquiera es necesario respetar los principios más elementales de la lógica. Así va transcurriendo nuestra vida sobre este planeta feliz.

20 febrero, 2006

Uno de mi calle me ha dicho
que tiene un amigo que dice
conocer un tipo
que un día fue feliz.

Joan Manuel Serrat

Me negaba a ir a Pucón. Terminé sin embargo allá, comprando en los supermercados de la calle O’Higgins, que son todos de la familia esperando-a-D&S, y haciendo trámites en ese banco detestable del que en mala hora me hice cliente. Aunque en esa sucursal atestada de público, atienden bien: hasta hay una promotora repartiendo helados para hacer más soportable la cola, mientras un televisor de esos que cuelgan del techo ameniza la espera con “La mañana del trece”, auténtica muestra de que en Chile sí tenemos cultura propia.

Hoy leo en “La Tercera” sobre el consumo de alcohol de los niños y adolescentes en las noches, a orillas del lago Villarrica. Empieza, en algunos casos, a la edad de Juan. Entonces, ¿por qué él no participaba de esas libaciones? ¿Será porque se sabe querido? ¿O porque tiene la inteligencia suficiente como para rechazar por sí mismo lo que puede hacerle daño? Tal vez, sin ser de esa estirpe, lleve en su frente la marca de Caín, ese nombre rimbombante que le dio Hesse a algo tan trivial como no comulgar siempre con el espíritu del rebaño.

En una carta le hago un comentario a Pierre sobre el admirable estilo de vida de las vacas, a las que durante las vacaciones tuve la posibilidad de ver, en cantidades ingentes, paciendo a orillas de los caminos. Me dice que a él le parece gracioso lo que opino de las vacas y que debería difundirlo. Cumplo con lo que me pides, querido amigo, pese a que no rellenaste el formulario pertinente con tres copias.

En síntesis, la vaca es un animal sabio, porque come, come, come, luego se echa a pensar en la nada y finalmente se duerme. Al día siguiente, despierta con muchas ganas de comer y entonces, come, come, come, luego se echa a pensar en la nada y... Repítase este proceso ad nauseam y se obtendrá –alquímicamente- una vaca. En verdad, se me olvidó destacar la otra característica sobresaliente de las vacas en el plano intelectual: esa habilidad y displicencia con que mueven la cola. Tal simpleza de vida posiblemente explique el que no hay psicoanalistas vacunos y también el hecho notable de que la bosta de vaca huele bastante mejor que el excremento humano.

El agua, fría y verde, del Lago de Todos los Santos se encarama por mi brazo a contracorriente a medida que la embarcación avanza. Mi hijo sonríe picaronamente con su cara al viento, al mojarme, pues su brazo hace pantalla delante del mío y me salpica. Mientras, la magnífica silueta del volcán Osorno espejea en las aguas, como desde tiempos inmemoriales lo viene haciendo. La tarde es soleada, el aire diáfano penetra por las ventanillas de mi nariz. Me doy cuenta de que mi hijo y yo estamos en comunión el uno con el otro y ambos con la Naturaleza, y me siento feliz. No todos los días uno es feliz.

Encantadora subida de cerros en el Parque Nacional Huerquehue. Se enfrentan dos visiones de mundo completamente opuestas: la que está inspirada en el logro y por tanto en alcanzar (poseer) una o varias metas, y la que aspira a disfrutar de lo que está ahí, tocando la puerta de nuestros sentidos. Según sea la opción que se elija, el valor del trayecto puede quedar relegado a casi nada, porque lo que importa es llegar -ojalá en el menor tiempo posible- y el recorrido no es más que un mal necesario, sólo un medio para obtener un fin. Todo el día pa’ arriba y pa’ abajo, con un calor que el follaje no es capaz de filtrar por completo, pisándome la lengua. Subo con la visión del goce de lo que nos rodea, hablándole a Juan de la diferencia entre los parásitos y las simbiosis, sintiendo la majestuosidad de los árboles centenarios. Bajo a los tumbos, cantando “Los Elefantes” para anestesiarme y deseando dolorosamente tomar una Coca-Cola muy fría. El viaje de vuelta está de más: lo único que me importa es llegar cuanto antes abajo. En la montaña he visto por fin la luz.

Un terminal de buses de pueblo antes de que amanezca, en esa hora incierta en que hasta las voces resuenan de otra manera. Miro a unos jóvenes franceses que conversan animadamente mientras esperan la llegada del bus, pero no entiendo nada de lo que dicen. El recinto está teñido por una intensa luz amarilla que es el prolegómeno de la tristeza, lo voy sintiendo en mi corazón a medida que pasan los minutos. Conversamos de cualquier cosa para tratar de olvidar que el fin está cerca. De pronto, el inconfundible sonido del motor denuncia que el bus se aproxima. Al cabo de unos segundos, entra al terminal con esa ampulosidad propia de los grandes vehículos. Me levanto, Juan me sigue: this is the end -consummatum est!