Antes de irme a la peluquería esta mañana, enciendo el computador y, mientras termino de vestirme, me doy cuenta de que la carga del sistema no progresa como debiera. Le echo un vistazo a la pantalla desde mi pieza: fondo negro con letras blancas, mala señal. Voy a ver qué pasa y me encuentro con un simpático mensaje de bienvenida -Disk boot failure. Repito, con poca fe debo reconocerlo, la operación de apagarlo y encenderlo un par de veces, pero no pasa nada nuevo. La verdad es que, con lo que le ha sucedido a mi computador en los últimos meses, ya ni siquiera tengo la energía necesaria para desearle la muerte al técnico que echó a rodar esa bola de nieve de incompetencia. Derrotado, parto a cortarme el pelo.
Al volver de la peluquería decido leer un rato y, tras muchísimo tiempo de tenerla abandonada, elijo la biografía de Hitler, a la que alguna vez me he referido aquí. Me había quedado a fines de 1932, cuando estaba a punto de dar el primer gran zarpazo, logrando torcerle la mano a von Hindenburg y su camarilla de ineptos, para entrar al Gobierno por la puerta ancha de la Cancillería. Y, al final, de tanto insistir, se llevó el gato al agua. Si hay un rasgo a destacar en Adolf Hitler es su sobrehumana obstinación que le permitió allanar todos los obstáculos y encumbrarse a una posición que, en sus años de vagancia en Viena, habría parecido inalcanzable, otro ensueño sin fundamento del proyecto de fracasado que entonces era. Goebbels escribe en su diario al día siguiente del nombramiento: "Hitler es Canciller del Reich. Como en un cuento de hadas." Algún día me haré con "The Goebbels Diaries" y con "Inside the Third Reich" de A. Speer, para complementar lo que he leído con la visión de dos hombres inteligentes (inteligente no es lo mismo que bueno) que estuvieron a la vera de Hitler. Aunque, lo cierto es que la inteligencia del cojo malvado estaba algo nublada por su devoción incondicional al Führer. No es fácil determinar quién estaba más enamorado de él, si Magda o Joseph.
A veces me pregunto para qué se junta la gente, ¿para discutir quién hace las mejores tortas y pasteles? El lenguaje, que tendemos a ver exclusivamente como un instrumento al servicio de la comunicación, desempeña también una función aglutinadora, muy similar a la que cumple el acicalamiento entre otros primates no humanos. En lugar de sacarnos parásitos que no tenemos, reforzamos nuestros vínculos sociales conversando de cualquier cosa, da lo mismo, porque lo que cuenta no es el contenido (la información), sino la forma: el placer de hablar y ser escuchado. Por ende, el tema en sí es irrelevante. Súmale unas copas y además ni siquiera es necesario respetar los principios más elementales de la lógica. Así va transcurriendo nuestra vida sobre este planeta feliz.
Al volver de la peluquería decido leer un rato y, tras muchísimo tiempo de tenerla abandonada, elijo la biografía de Hitler, a la que alguna vez me he referido aquí. Me había quedado a fines de 1932, cuando estaba a punto de dar el primer gran zarpazo, logrando torcerle la mano a von Hindenburg y su camarilla de ineptos, para entrar al Gobierno por la puerta ancha de la Cancillería. Y, al final, de tanto insistir, se llevó el gato al agua. Si hay un rasgo a destacar en Adolf Hitler es su sobrehumana obstinación que le permitió allanar todos los obstáculos y encumbrarse a una posición que, en sus años de vagancia en Viena, habría parecido inalcanzable, otro ensueño sin fundamento del proyecto de fracasado que entonces era. Goebbels escribe en su diario al día siguiente del nombramiento: "Hitler es Canciller del Reich. Como en un cuento de hadas." Algún día me haré con "The Goebbels Diaries" y con "Inside the Third Reich" de A. Speer, para complementar lo que he leído con la visión de dos hombres inteligentes (inteligente no es lo mismo que bueno) que estuvieron a la vera de Hitler. Aunque, lo cierto es que la inteligencia del cojo malvado estaba algo nublada por su devoción incondicional al Führer. No es fácil determinar quién estaba más enamorado de él, si Magda o Joseph.
A veces me pregunto para qué se junta la gente, ¿para discutir quién hace las mejores tortas y pasteles? El lenguaje, que tendemos a ver exclusivamente como un instrumento al servicio de la comunicación, desempeña también una función aglutinadora, muy similar a la que cumple el acicalamiento entre otros primates no humanos. En lugar de sacarnos parásitos que no tenemos, reforzamos nuestros vínculos sociales conversando de cualquier cosa, da lo mismo, porque lo que cuenta no es el contenido (la información), sino la forma: el placer de hablar y ser escuchado. Por ende, el tema en sí es irrelevante. Súmale unas copas y además ni siquiera es necesario respetar los principios más elementales de la lógica. Así va transcurriendo nuestra vida sobre este planeta feliz.
